La caleta que eligió la montaña.
Lo que empezó como un capricho — traer ostras frescas a 2.800 metros — se convirtió en un punto de encuentro entre el océano Pacífico y el muro andino.
Aquí el arte callejero abraza al pino, los muralistas pintan sirenas entre la nieve y cada plato lleva la sal del mar y el frío de la cumbre. Caleta Águilas no es un restaurante: es una declaración.
"Pintamos lo que el mar nos cuenta a esta altura."